Algunos sabréis lo mucho que mi vida está dando vueltas últimamente.
Para mí es difícil de explicar, pero contándolo lo entiendo yo misma mejor.
Aunque me ha costado mucho volver al blog. Casi tanto como volver en mí.
En el poco tiempo desde que lo empecé, los acontecimientos se habían superado a sí mismos llevándome muy lejos, sumergiéndome en un mundo ajeno en el que andaba vagando con las manos vacías y la mirada absorta en un punto de fuga negro como la noche. La nube tronaba incesante sobre mi cabeza descargando un aguacero tal que las neuronas de mi cerebro habían cortocircuitado impidiéndome ver, sin dejarme pensar, cayendo hipnótica en una espiral cada vez más mareada y cada vez menos consciente de mi persona. Con el locus de control mental girando externo en órbita lunar, podría decirse casi que me estaba volviendo loca.
Estoy temiendo que mis palabras suenen algo alarmantes y alguno se me asuste con la historia. La verdad es que no sé como explicar mejor el estado de apatía a personas que supongo (y confío) que no lo sienten. Por si las moscas, declaro que el capítulo tiene final feliz y me he sentado a escribir para desmenuzar el sentimiento y comérmelo con patatas. Porque estoy harta de pasar por las cosas una y otra vez pero nunca realmente sobrepasarlas. Veremos que tal me sienta la digestión.
No nos vamos a ninguna parte. Por el lado más racional, marcharse había perdido sentido y al final hasta me parece una suerte que en Inglaterra los perros tengan que pasar una cuarentena semestral para poder ser admitidos en el país. Sobra decir que al can nadie podía cuidarlo, el dueño no se iba a desprender de él y que de la idea de postergar la mudanza seis meses a quedarnos aquí, hubo tan sólo una tarde de discusión y una renuncia a la renuncia en el trabajo que me supo agria como un vaso de leche con limón.
Detalles aparte, que tampoco me apetece regodearme más en mi desgracia, el plan B es quedarnos aquí y luchar por nuestro futuro laboral.
¿Quién quiere contratar a un empleado que cambia casi anualmente de empresa y que no ha hecho otra cosa que coger el teléfono? He ahí el quid de la cuestión. Si me voy de aquí, todos estos meses de sangre, sudor y lágrimas se me van directamente a la basura. Tendría que empezar de cero en otra empresa cuando aquí estoy a punto de superar el escalón más escarpado, la pesadilla de cada día, la esclavitud del siglo XXI: el odiado AUTO IN del teléfono del teleoperador que lo obliga a contestar llamada tras llamada durante ocho horas diarias, forzándolo a hablar cual loro hasta que la voz se te seca y te duele el brazo de registrar “llamaditas” en el maldito ordenador que encima siempre va a pedales.
No puedo marcharme. Por mi bien. Me guste o no me guste, me tengo que empanar Brno para pasarlo por la tráquea como sea. Y tampoco puedo hacerlo con la misma actitud que tenía antes porque me moriría. Tengo que seguir adelante con cosas como escribiros a vosotros, seguir aprendiendo alemán, saliendo a correr cada día y otros pequeños objetivos que me llenen la vida. Me tengo que hacer fuerte en aspectos en que no lo soy, como cuando hago un géiser por no poder tragarme una pastillita analgésica.
Me espera una buena. Espero que brindéis conmigo para desearme suerte.
